El Domingo de un Dandy en el Mediterráneo

Amo las tardes de esos domingos en el Mediterráneo, en los días de verano que amanecen nublados y calientes, espesos como puré de garbanzos, pegajosos como la resina de los pinos.

Tardes de mañanas en las que el cerebro se licúa, percutido por el calor y el grosor del aire, en las que molesta la humedad de las sábanas que han abrazado tu cuerpo durante la noche, en las que las horas se hacen tan blandas que parecen no pasar nunca...

Esas tardes te preparan para alcanzar la sabiduría de los más famosos filósofos de la antigüedad. Los actos más nimios, más cotidianos, adquieren su significado más puro y más profundo: las abluciones matinales, realizadas con el más exquisito deleite, como ofrenda a tu cuerpo, dios último de todos tus actos; el aroma de café que inunda toda la estancia, mezclándose con los recuerdos de tahona de la tostada que estás preparándote; el milagro de la luz que atraviesa el chorro de aceite virgen de oliva que derramas sobre el pan; el humo del cigarrillo que aspiras después del desayuno; el lento discurrir de tu mirada sobre los titulares del periódico; el tacto de esa camisa blanca de hilo sobre la piel, curtida de sol y sal.

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